domingo, 4 de diciembre de 2011



Los violines comienzan a sonar. Él me lleva hacia la pista. Giro una, dos, veces hasta que me detiene, y me toma de la cintura. Me hace bajar lentamente. Se detiene y dejo que me suba en semicírculo, con un movimiento rápido y perfecto. Miro sus ojos, el azul se funde sobre el caramelo.
Él me mira otra vez, una mirada llena de lujuria. Pero yo no lo dejo y con una mano lo empujo, jugando; juego a que no lo deseo. Me doy la vuelta. Espero. Siento su mano en mi hombro y la otra en mi cadera, su mano recorre mi brazo hasta llegar a mi palma. La toma y me da vuelta; incitándome otra vez al juego. Nuestras miradas se vuelven a juntar, y el azul se vuelve a fundir sobre el caramelo; mezclándose.
Nos deslizamos, otra vez, sobre la pista. Al ritmo de la música, al ritmo de una canción aun más perfecta que cualquier tango; la canción del amor y la pasión.
La música deja de sonar, nos detenemos. Él me besa y yo le sigo, terminando con ese juego al que llamamos amor… para jugarlo de vuelta la próxima noche.

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